jueves, 19 de enero de 2017

Perforafora y tatuadora profesional

Elizabeth (¿o Elisabeth?) es dueña del primer negocio de tatuajes y perforaciones que se estableció en Puerto Vallarta, hace 21 años. Su brazo derecho está lleno de tatuajes. No así el izquierdo. Tiene una perforación en la aleta derecha de la nariz, igual que yo, y el pelo negro y ondulado suelto hasta la cintura. Trae puesta una camiseta de Marilyn Monroe que tiene algunas de las mismas fotos que están exhibidas en el área de perforaciones. Se nota que le gusta esta leyenda hollywoodense. Tiene los ojos y la voz llenos de una dulzura maternal. Es madre de dos hijos gemelos que ahora tienen 24 años. Uno de ellos anda por ahí, igual que su perra, una Chihuahua llamada Cleopatra y que su marido, un gringo al que no se le entiende nada cuando intenta hablar en español y que se parece a John Lennon, tanto físicamente como en espíritu. De hecho, ella tiene un aire de Yoko Ono. En una de las paredes cuelga una foto de ella abrazada de un hombre joven que le enseñó en Estados Unidos a perforar los genitales. Me explica que si un clítoris no mide mínimo seis milímetros no puede ser perforado porque se corre el riesgo de que pierda su sensibilidad. Qué cosa tan terrible: un clítoris insensible. Justo antes de que me perfore ambas orejas me explica un ejercicio de relajación. Lo hago y recuerdo los años de mi primera adolescencia, en el consultorio del dentista, cuando me iba a extraer dientes al son de un jazz neoyorkino. Elizabeth me introduce una aguja y la siento perforar cada capa de carne. Lo puedo visualizar en mi mente. Todo esto mientras escuchamos música clásica. Parecen notas del siglo XIX, mucho piano. Ah, los románticos. Me hace sentido que a una perforadora y tatuadora profesional le gusta el romanticismo. Quizás en su adolescencia se sentía atraída hacia el suicidio. Quién sabe, a lo mejor uno de sus tatuajes es una rosa muerta o una lágrima. Una vez que terminó el proceso, me siento en un sillón al lado del cual hay un letrero que dice: Estrictamente prohibido hacerse pendejo en este lugar. Me incomodo. Soy experta en eso que me están prohibiendo. Me distrae la voz de Elizabeth, que comienza con la lista de recomendaciones para sanar mis orejas. No son las últimas perforaciones que me quiero hacer, y salgo del lugar convencida de que volveré con esa mujer, mitad defeña y mitad pata salada, para todas las que siguen.

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