Celia, algunas veces, cuando pienso en ti, me acuerdo de ese texto que escribiste en el facebook sobre tener orgasmos después de haberte convertido en mamá. Recuerdo que decías que te sabían más y mejor porque hay tan poca energía y tiempo para hacer nada que no sea ser mamá, que el hecho de ser raros los volvía más valiosos. Y una fracción de segundo después de tener todo esto en mi mente por un instante (porque el recuerdo ya no viene lineal, como se lee un texto, sino todo junto, de golpe, como un olor o un sabor, porque ya no es pensamiento: es una emoción), después de recrear tus palabras y tu audacia, mi corazón entra en un hoyo negro. Un túnel que mi cabeza sabe que tiene salida, pero mi corazón no y no sabe cómo salir de ese luto cegador. Me acuerdo que estás muerta y que nunca más vas a volver a escribir cosas así de intrépidas y que yo me he quedado sin otra alma tan honesta y tan desabochornada con la cual describir mis demonios y susurrar la palabra orgasmo.
Celia, quiero que me disculpes, pero he tomado la decisión de que el siguiente párrafo debe hablar de tu asesino. Creo que es importante que no se olvide. Que se tenga presente siempre. Que la certeza de todos lo entierre en la culpa y la vergüenza pero nunca en el anonimato. Oscar Ariel Cienfuegos te mató, Celia. Tu marido. El hombre con quien hacía poco habías decidido formar una familia. Y el hombre del que también hacía poco habías decidido divorciarte.
Conocí a tu esposo de una forma muy incómoda y rara. Cuando mi hija tenía como dos o tres meses de edad, yo empecé a ir a caminar, cargando a mi bebé con un fular, a un camino de tierra semi despoblado que corre al lado del río Pitillal. Si uno va "a buena hora" (por las mañanas, entre 7 y 10; por las tardes, entre 5 y 7) encuentra a mucha gente haciendo ejercicio. Si no, es posible que seas el único ser humano en la vereda. O peor, que encuentres a otro peatón o a un grupo de transeúntes con malas intenciones. Con demasiada frecuencia yo iba a mala hora, porque recuerdo vagamente que me resultaba muy complicado salir de casa temprano con la niña tan chiquita. No sé exactamente por qué. Así que de por sí, en general, iba yo medio asustada a hacer ejercicio. Siempre con el pendiente, como dicen las mamás y las abuelitas. Y uno de esos días, caminando ya de regreso a mi casa, sentí la presencia de un hombre cerca de mi cuerpo. Yo, preocupada, hice lo que consideré más sabio y en lo que soy experta: me hice pendeja. Pero sin ignorarlo. Bien presente, lo tenía, pero fingiendo que no existía en mi panorama su presencia, que yo rogaba por que fuera insignificante. Y tu marido, tu asesino, me miraba de vez en vez. Y yo no sabía que era tu esposo, y tampoco sabía que te iba a matar. Sabía que no era mi esposo. Pero tampoco sabía que no me iba a matar a mí. Finalmente fue él quien rompió el silencio con el que yo me sentía cada vez más tensa e, inesperadamente, lo que dijo me relajó. Qué ilusa, pienso ahora. ¿Y sabes qué me dijo? Me dijo "mi esposa también carga a nuestra bebé en un fular". ¡Tiene esposa este hombre! ¡Y tiene una bebé! Eso pensé yo. En ningún momento se me ocurrió pensar que podría e iba a matar a su esposa y dejar a su hija huérfana. Cargando el estigma de una madre muerta y un padre asesino. "¿Quién es tu esposa?", le pregunté yo inmediatamente, sonriendo todavía con cierta incomodidad pero también con un alivio innombrable, sintiendo que me salvaba de un secuestro, una violación o una muerte. "Celia", me dijo. Y yo pensé "¿Celia? ¿La muchacha que administra el grupo de facebook de mamás que portean, amamantan y usan pañales de tela? ¿La chica que conocí en la reunión para romper el récord mundial de mujeres amamantando simultáneamente en el mundo? "¡Celia, claro!", le contesté, contenta de saber que una mujer tan llena de simpatía y calor y luz fuera la compañera de ese desconocido. Intercambiamos algunas palabras y cada quien se fue por su camino. No supe en ese momento que él era un agente de la Procuraduría General de la República y que unos meses después estaría huyendo de quien fue su jefe y sus compañeros de trabajo. Lo que sigo sin saber ahora es hasta qué punto fue precisamente su trabajo lo que lo perfiló para hacer algo tan vil. Lo que sigo sin saber es cuántos y quiénes de sus colegas saben dónde está y qué hace y cuánto dinero le mandan para vivir cada mes y de qué modos lo esconden y lo protegen del que debería ser su castigo, su destino. No sé quiénes son sus amigos, y a quiénes han matado u ordenado matar esas joyas que seguramente tiene por amistades.
Y después de pensar en todo esto un rato, en la rata de dos patas que te mató con plomo porque no se quería divorciar, porque probablemente le dijiste palabras que hirieron su orgullo de macho, porque no sabías quedarte callada ni ser sumisa, porque ya no querías nombrarte su esposa ni un día más, después de pensar en Oscar Ariel Cienfuegos y la sensación tan desagradable que experimenté cuando lo conocí, pienso en ese desayuno que compartimos tú, Fanny y yo en Lukumbé. Me aferro a ese desayuno porque fue la única vez en que tú y yo convivimos en persona y fue tan corto y tan insuficiente porque teníamos tantas y tantas cosas qué contarnos y yo encontré, insospechadamente, una hermana del alma en ti. ¡La libertad con la que hablabas y te quejabas! ¡Los temas que escogías! ¡Era tan refrescante encontrar una mamá honesta y neurótica y enloquecida! Me acuerdo que esa vez te quejaste de tu esposo. Que fue un patán en el embarazo. Tanto así que tomaste la firme decisión de no volver a tener hijos y a pesar de ser tan joven y de que todo mundo (doctores incluidos) se opusieron a tu deseo, te operaste para infertilizar tu cuerpo. Carajo, Celia. Pienso en ti y me dan escalofríos. Te me presentas como una de esas mujeres icónicas, arquetípicas, que no permiten que nadie dicte el rumbo de sus pasos.
Pero cómo haber sabido que te iba a quitar la vida. Justo antes de bajarnos del coche, Fanny y yo llorábamos por nuestros propios matrimonios. Y aquí seguimos, en el valle de lágrimas. Me pregunto qué pensarías de esta metáfora, dado que eras Testigo de Jehová. Me pregunto también qué pensaría tu comunidad religiosa sobre tu muerte. Me lleno de enojo sólo de considerar que te culparían a ti por tener ese arrojo, esa falta de vergüenza.
Poco después de tu feminicidio me apareció en el Instagram una foto tuya. Fue como un terremoto interno. ¿Cómo era posible? Te confieso que a veces te extraño tanto que quisiera creer en la posibilidad de regresar del mundo de los muertos. Y esa vez del Instagram, como una niña sin criterio o pensamiento lógico, pensé "quizás está viva de nuevo. Quizás nunca se murió". Y luego me hundí en una tristeza húmeda y fría.
También pienso en ocasiones en otro texto que escribiste en el facebook en el que te quejabas de que todo mundo señalara lo flaca que estabas. Básicamente, muy a tu modo, mandabas a todo mundo a chingar a su madre por entrometidos. Y no sé ya si fue el mismo texto, pero también tengo muy presente que poquísimo antes de tu última palpitación, uno o dos días antes, declarabas públicamente que por fin te estabas recuperando a ti misma. Que ya no te permitirías caer de nuevo en el abandono. Que continuarías con tu pasión y compromiso por el pole fitness (también me pregunto qué pensaría de esto tu comunidad de Testigos de Jehová: ¿quiénes o cuántos te llamarían puta, o por lo menos teibolera?). No querías nomás estar flaca. Querías estar fuerte. Querías divertirte. Querías gozar. Querías tu cuerpo y querías tu vida. Y tu Dios no te lo permitió. Y entonces me lleno de enojo ante esa idea. Qué Dios tan culero, tan borracho, tan descuidado, que permitió algo así.
Y bueno, Celia, discúlpame también porque apenas en este párrafo te agradezco por la inmensidad de tu ser. Porque siempre te tomabas tiempo y energía para ayudar a las nuevas mamás, tan llenas de dudas siempre. Te esforzabas por conseguir información, por conectar gente, por sacar de errores, por intentar erradicar la cultura de la automedicación. Gracias porque tu honestidad nos permitía a las demás encontrarnos en tus palabras, sincerarnos, aceptarnos. Gracias por ser rebelde (como esa vez en que me morí de miedo y de risa cuando vi tu post en facebook en el que contabas que después de que se durmió tu bebé te saliste a comprar una hamburguesa callejera y al regresar ella estaba despierta y hecha un mar de lágrimas y se te enfrió la hamburguesa y todo fue un desastre), gracias por darnos el ejemplo de cómo ser una mujer adulta, una madre, que se permite la travesura. Gracias por tu fe ciega en Dios (aunque me pregunto qué opinión tendrías de la divinidad conociendo, como conozco yo, la historia de tu vida y la de tu muerte. Me pregunto si también mandarías a Dios a chingar a su madre). Gracias también por ese texto en el que hablabas de que no te arrepentías de haber dejado a tu bebé en otras manos y así perderte momentos preciosos e irrecuperables de su vida por irte a trabajar, porque eso te daba un poder y una fuerza y una independencia y una energía y un valor de los cuales te enorgullecías. Gracias por esa sonrisa con la que nos iluminabas a todos a tu alrededor. Gracias por las fotos que subías a Instagram y a Facebook en las que sales con unos tacones altísimos y maquillada y ropa hermosa. Porque ser una mamá guapa es también, a veces, una forma de rebeldía.
Cuando voy a Tepic y paso cerca de la que era tu casa, el vacío se hace aún más grande. Mi impulso irracional de creerte viva persiste, y se me antoja ir a timbrar a la puerta, echarte un grito, llevar un six y contarte que a veces no aguanto a mi marido, que a mí también todo mundo me dice flaca o me preguntan que si estoy bien, que me fastidia no poder ponerme toda mi ropa porque todavía no desteto a mi hija, pero que el placer de amamantar todavía es mayor que el de la vanidad. Todo esto me gustaría contarte. Todo. Y entonces vuelvo a la realidad del tráfico y la mugre y la rutina y tu muerte y entre mi fantasía y el presente se abre un abismo insalvable. Me ahoga la certeza de tu muerte.
¿Y sabes qué me duele muchísimo también de todo esto? Que nunca nos despedimos. No pude ir a tu velorio ni a tu funeral a decirte adiós. No pude echarte una mirada cómplice o despedirme de tu cabello pintado de púrpura. Nomás me quedé a la distancia llorando como hace años que no lloraba. Me quedé arrinconada en una esquina de mi habitación pensando en cómo sería que la lechita se te secaría en tus pechos que ahora estarían ya fríos. Me quedé petrificada pensando en el terror que habrás sentido de tu esposo cuando lo viste sacar la pistola. El mismo miedo que sentí yo del mismo hombre, pero multiplicado por mil millones. Me quedé catatónica imaginando que en tus últimos respiraciones estarías pensando en la orfandad de tu bebé. Después de todos tus esfuerzos, toda tu convicción, terminarías por yacer muerta en un pedazo de tierra de una de las calles más transitadas de la capital nayarita a plena luz del día. Desangrada. Llena de espanto, de rabia, de frustración, de imposibilidad.
Hicimos una reunión en una playa de Puerto Vallarta, para platicar e intentar sobreponernos a la consternación de tu asesinato. Fuimos una decena de mujeres, más o menos. La mayoría teníamos los ojos llenos de agua, la voz cortada, la mirada perdida. Poco pudimos decir porque nos cayó encima la lluvia. Pero lo que sí nos dijimos es que nos cuidaríamos, nos preguntaríamos, nos reuniríamos, nos apoyaríamos. La mayoría de las que estábamos ahí no te conocíamos muy bien. Éramos parte de tu tribu digital de apoyo entre madres, y nada más en la mayoría de los casos. ¿Pero sabes por qué nos reunimos y por qué necesitábamos apoyo, Celia? Porque tú eras como nosotras. Eras una mujer joven, una empleada, una mamá. Y cuando te mataron, cuando te mató tu esposo, nos mató también a nosotras. Convirtió a nuestro marido en un sospechoso, en una funesta posibilidad. Volvió a nuestros bebés posibles huérfanos.
El día que te mataron hubo un terremoto en la capital del país, Celia. Como el del '85. La gente corría y aullaba buscando tierra firme y consuelo y sentido. Y en posición fetal, yo hacía lo mismo. Se me fue el piso y el norte, la esperanza, la realidad, todo de un golpe. ¿Y sabes por qué tanta agonía, Celia? Porque nunca me habían matado a un alma gemela. Nunca me había arrancado la vida un pedazo tan importante de mi identidad, de mi seguridad, de mi consuelo. No, no éramos grandes amigas tú y yo, Celia. Éramos mucho más que eso. Yo me veía y me encontraba en ti. Y desde que te asesinaron, me he quedado un poco ciega, un poco perdida. No logro dar pie con bola. Ni siquiera consigo encontrar las palabras adecuadas para esta carta.
Te quiero, Celia. Aquí estás conmigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario