Llego a la esquina del parque y veo que un vecino con el que he platicado en un par de ocasiones (sé que apoya a Trump, que cree que los refugiados sirios deberían de regresar a su país y que son terroristas, que cree en los alienígenas y que en diciembre entraron a robar dos veces a su casa, entre otras cosas) está conversando con tres mujeres y me está señalando con el dedo. Todas me voltean a ver y levanto la mano con la palma abierta y dibujo una sonrisa perezosa en la cara. Quiero ser amable pero me siento incómoda. ¿Por qué me están dando tanta atención?
Descubro cuando me acerco que el vecino trumpista ha confundido al bebé de una de sus interlocutoras con la mía. La mujer que pasea una carreola se mueve sin descanso de un lado a otro. Pasea al bebé como si su vida dependiera de ello. Me atrapa en cuanto me aproximo y comienza a moverse alrededor mío como una mosca a la hora de la comida. Me pregunta que de dónde es mi marido y que por qué es güera mi hija. Luego le hace saber a otra de las presentes que, como el suyo, mi esposo también es canadiense. Me pregunta que de dónde soy yo y me cuenta en un respiro que una mujer que vivía por ahí cerca es también de la capital nayarita pero su marido, con el que tuvo dos o tres hijos, la dejó por una 20 años menor y se mudó de casa y ya no vive ahí y qué lástima porque se llevaban súper bien pero no se puso tonta porque demandó al marido y le sacó una camioneta nueva y una casa y ella es la mamá de Carolina mi vecina y me confiesa que a veces escucha llorar a mi hija hasta su casa. "¡Tú eres la mamá de la bebé que llora!", me comparte con la emoción de un científico que por fin descubre la respuesta de un enigma.
En otro respiro se excusa y me dice que tiene que continuar caminando y meciendo al niño para poder dormirlo. Me quedo con el amante de la vida extraterrestre y las otras dos mujeres. Una de ellas, alta y flaca y jovencita como súper modelo, tiene acento extranjero. Ya me había hablado de ella el vecino xenófobo. Me había contado que, como él, ella también tiene un perro siberiano. Descubro que la mascota se llama Ghost y que ella tiene 23 años y su marido 45 y están casados desde el 22 de diciembre pero viven en esta ciudad desde junio pero acaban de mudarse a dos puertas de mi casa porque un narco vecino de la otra colonia donde vivían los amenazó de muerte. Su esposo está jubilado, ella está buscando trabajo porque se aburre. Me dice que él es de Monte Real (y no de Montreal) y que nunca la ha llevado a su país natal y que tampoco nunca ha visto la nieve. Ella le pidió que le llevara en diciembre y él le contestó que estaba loca. Se conocieron en una fiesta en un antro en Ecuador en 2015 aunque ella es venezolana. Dice que no quiere hijos y de pronto aparece de nuevo la mamá de Carolina agitando compulsivamente la carriola en la que viaja su nieto y le dice que está muy joven, a lo que ella contesta reconociendo que es cierto y abriendo la posibilidad de cambiar de opinión. Le digo yo que se llevan muchos años de diferencia ella y su cónyuge, nueve más de los que hay entre el mío y yo, y la mamá de Carolina vuelve a intervenir para decir que en el caso de ella se nota más porque ella está chica. Sólo hay cinco años de diferencia entre la sudamericana y yo, pero a juicio de la abuela paseadora, yo ya estoy grande.
La tercera mujer guarda silencio y escucha todas las historias, observa todos los detalles. Sólo sé que sentada junto a la extranjera se ve aún más bajita y gorda de lo que es, y que la cachorra que juega a su alrededor es una pastora belga y no alemana. El vecino participa cada que puede para hablar de lo barato que es ir a Cancún o a California, o de lo humanamente imposible de Machu Picchu o las pirámides de Egipto. Menciona de paso que tiene cuatro hijas. Las quiero conocer a todas y dejar constancia de ello en esta bitácora.
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