Las dos tienen el pelo naturalmente amarillo, lacio y finito, aunque a una le cuelga hasta la cadera y a la otra no le toca la nuca. Ambas llevan el color del cielo en los ojos. Una es trotamundos y ha visto las nubes y las estrellas en casi todos los continentes. La otra es una atleta retirada y ha corrido maratones a esa hora en que el firmamento no es azul sino durazno, melón, mandarina, sandía, coral.
Una acaba de cumplir 31 años y es maestra de yoga, la otra está en sus cincuenta y es mamá de un adolescente. La primera baila y se ríe y nada en el océano pacífico. La segunda tiembla de vez en cuando de puros nervios, resabio de los años en su juventud cuando era presa de ansiedad social.
Ninguna usa maquillaje y en su rostro franco descubro las sutilezas que se me escapan con la lengua: con ambas me comunico en inglés. Con una de ellas hablo sobre el maravilloso bienestar producto de la meditación y con la otra sobre lo difícil que es la lactancia y la maternidad. Y aunque en algún sentido me resultan completamente diferentes y extrañas, la realidad es que me encuentro a mí misma en ambas.
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