Hoy conocí a Deisy (¿Daisy, Deisi?). Bueno, no: ya la conocía, pero no sabía que ese era su nombre. Es una jovencita de más o menos 25 años que junto con su esposo es dueña y cajera de una frutería en el barrio de mi mamá. La joven pareja rentó una casa en la misma colonia, a unas calles de mi casa materna, y en el espacio pensado para ser la cochera ellos acondicionaron para convertirlo en un negocio. Su esposo tiene una camioneta pickup vieja, color zacate, en la que va a recoger los comestibles para abastecer la tienda. Si uno tiene un pedido especial lo tiene que hacer un día antes y dejar un anticipo. La muchacha tiene unas ojeras oscuras y profundas debajo de sus ojos verdes que resaltan sobre su tez morena y su pelo negro. Tiene tres hijos: el mayor tiene dos años y cuatro meses; el de en medio, un año y tres meses, y el último, un mes. De regreso a la casa de mi mamá hice cuentas: se embarazó del segundo cuando el primero tenía cinco meses; del benjamín, cuando el anterior tenía cuatro. En algún lado leí o escuché que una mujer debería esperar por lo menos dos años entre embarazos para recuperarse por completo. Quizá sea por eso que el menor tuvo un infarto cardíaco unas horas antes de nacer, y a Deisy le tuvieron que hacer una cesárea de urgencia. Y aún así, a 33 días de haber dado a luz, está de pie en su tienda pesando la mercancía y cobrando. Quizá no puede permitirse reposar ni siquiera durante la cuarentena, a pesar de que le hicieron una cirugía para rescatar a su bebé del mundo de los muertos. Así que hoy en la mañana así la encontré, trabajando con un abrigo rojo y con los labios resecos como si viviera en una ciudad más fría que la capital nayarita. Su esposo, güero como si fuera gringo, jugaba como niño con sus hijos mayores. A ambos los montó en la caja de su camioneta: al mayor sobre un triciclo y al siguiente sobre una andadera. Él, de pie sobre la defensa trasera, agitaba el coche con todo su peso para que los niños dieran tumbos de arriba para abajo. Deisy es sonriente aunque de pocas palabras. Intuyo que su silencio esconde mucho dolor.
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